Dec
6
En el castillo
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En el castillo
A Anna08 K.
Siempre llueve.
A veces sueño que me arrastran a media noche hasta un castillo del que ya no puedo salir.
Otras veces sueño que, en medio de la tormenta, logro escapar en el amanecer hasta el castillo que será mi salvación.
La lluvia golpea furiosa, como si escarbara en la tierra y en las miradas cautivas para desenmascarar algo -lo que sea- escrito con tinta invisible. Los vampiros me abrazan o me muerden; no consigo distinguirlo. Nunca.
Sólo veo el otoño –tal vez la primavera- desangrarse cuello abajo por mi hombro, por mi pecho. Una gotita llega cínica hasta mi corazón y late unos instantes junto a él. Finge ser una rosa que se abre o se marchita, una estrella, un abismo. Ojos, miles de ojos, por todas partes se quedan sin aliento, fijos en ese pálpito. El sol –a veces parece la Luna- duda y tiembla también, detenido frente a su propio precipicio.
Delante de mí, siempre, las paredes son transparentes; los espacios, infinitos. Bajo el laberinto de la lluvia, nunca sé si voy a morir o a resucitar cuando las atravieso. En el castillo.
5/6 dic 09
Nov
19
Quería que escribiese sobre ella
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QUERÍA QUE ESCRIBIESE SOBRE ELLA
El éxito las hipnotizaba.
Tiró al suelo la pluma y el libro que le acababa de firmar y, en medio del gentío y los fotógrafos, se me abalanzó.
-Quiero que escribas sobre mí.
Era rubia como la madre que la parió. Con un culo… ¡ Argentina, joder!
Como yo era idiota de nacimiento, ella -Nieves Browbil- hizo, rrrrras, rrrrras y se quedó allí mismo en pelotas.
-¡Sobre mí!- subrayó, las tetas al aire, despendoladas como dos cencerros.
El sim quedó bloqueado en un segundo con las peticiones de amistad que llovieron sobre ella. Lo único que pude hacer fue poner los ojos en blanco.
Comprendiendo que, definitivamente, yo era tonto de baba, ella tensó su cuerpo de walkiria y entonó:
-¡Que me folles con la pinga y luego lo escribas, subnormal!
Intenté pensar el modo de decirle, con la máxima delicadeza, que la cosa no funcionaba exactamente así; el oficio de escribir…, en fin…
Aunque debo reconocer que lo de subnormal me había puesto la polla mirando para saturno.
-¿Te volviste gueaey?-me escupió.
Tuve una pequeña explosión dentro del cerebro y vi salir el humo por mis orejas, igual que en los dibujos animados.
Impactada por mi estupor, ella pareció pensarlo mejor y corrigió:
-¿Sos bisexual?
-¿O travestí?
-¿Estás operado?
-¿No te hiciste las tetas, ah?
Antes de contestar, me saqué del inventario 3 cigarrilos de marihuana y me los fumé por las orejas; uno por la izquierda y dos por la derecha.¡Se me pusieron de coloradas!
-No,no,no -salí musitando torpemente en mi defensa, y, por si acaso, añadí, en voz aun más bajita- ¡no!
-¿Qué coño sos vos, ahora que lo pienso?
Yo miré a mi espalda para ver dónde se había quedado mi respiración. Leeeeento siiiiileeeeeeeeeeeeeeeenciiiioooo. Sensación de hombre rana. . Glu… Glu,glu.. Bum,bum; bum,bum.
-Nooooooooooooooooooooooooo!- conseguí reventar, por fin, como cuando rompes con un grito de loco una pesadilla- ¡Yo soy del grupo Gallegos Molones de los Cojones!: ¡Maaás machoo NOOO se puede ser! ¡Arriba España!
Ella pareció entender, porque no necesitó palabras para retorcerme con una mano las costuras más íntimas del pantalón -¿dónde venderán las bolas para hacer eso, (¡wow!)?- y envueltos en ellas, lisa y llanamente, los mismísimos huevos:
-¿Querés hacer el puto favor de ponerme la pinga tiesa y follisquearme toda, gallego pendejo de los cojones?
Sucede. A veces la amantes son confusas, te vuelven loco enviándote señales ambiguas. A lo largo de la historia de la novela de cámara, quiero decir, porque ella había abierto las piernas de par en par -nadie podía poner en duda que se había gastado un dineral en pussy- y aquel mensaje franco, universal, era penetrable hasta por el último esquimalito enterrado bajo varias capas de hielo. ¿No lo iba a entender yo que lo tenía tan cerca que podía olerlo?
-Quitá ese puto video de Metallica, vicioso maricón, y vení pacá.
Sólo pude pensar en nada.
-Escribano -me dijo mientras clicaba ya una bola-: te voy a pegar una follada que se te va olvidar cómo se coge un lápiz.
¡Me estaban llamando para los Juegos Olímpicos! ¡Por fin! Desenrosqué para la ocasión el medio metro de polla King Size que vuelve locas a las elefantas brasileiras, esas de los caderones de trasatlántico.
A lo mejor lo he dicho antes. La cosa se puso seria cuando la dejé elegir música y puso en el freetube Sweet Burgundi, de Tommy Bolin. Los huevos se me cayeron al suelo.
-Ahhh, Tommy Bolin…-dije en el vacío
-Siií, ¿qué pasa?,
-Nooo…Ehhhh…
-¿No puedo, merluzo?
-Siiií
-Pues, ¡entonces! A ver, ¡poneme la polla dura de una puta vez!
-Ya tan pescao tontín-pensé.
Yo creo que ya se había corrido por lo menos siete veces -me veeengo, me vennngo todaaaa…, así siete veces- cuando, de pronto, dejó de jadear y me cogió la cara entre las manos:
-A ver esa mirada… Esos ojos… ¡Pero vos estás muy falto de cariño, pecoso! Tendré que quedarme para que puedas escribir. No te preocupes que yo te voy a querer un poquito.
No sé por qué, se detuvo a echarle un vistazo a mi polla.
-Pero sólo un poquito, ¿entendés?
Asentí con la cabeza, como los perritos. De toda formas siguió diciendo sólo un poquito cuando ya llevaba más de una semana instalada en mi casa.
Se la metí por todas partes.
Ese día y durante las semanas siguientes. A todas horas. Dale que te pego. Por todas partes, ya digo.
-¿Cuánto llevas escrito?-, me preguntaba a veces, ilusionada, mientras trataba de sacarse de la boca unos cuantos pelos de mi polla.
Cuatro líneas, ocho, dos páginas… Mi respuesta daba igual. Ella siempre quería más.
-Me veeengo, me vennngo todaaaa…
Dos rodajas de limón, sus ojos, al principio helados, ciegos, poco a poco se impregnaron de los colores del amanecer visto desde la terraza de mi beach from house. Te estallaba el alma en ellos al mirarlos. Cuanto más largo era el amor -quiero decir el folleteo- más se le iluminaban. Brillaban más que toda la angustia del mundo. Resplandecía enero, en medio de la peor masa de aire polar desde las últimas glaciaciones. Yo lo vi un poco exagerado, pero ella insistió:
-!Ah no, mi amor! Resplandecía; tú escríbelo, “Enero resplandecía” ¡Y que rabie el mundo!
Sí, su otra pregunta de la suerte era:
-¿Ya me querés?
-¿Vos me querés?
-¿Sentís que ya me querés?
-Pero, ¡me querés o no?
-¿Me estás escuchando, gallego boludo?
Yo, hecho a este mundo, al principio le respondía como con un palillo entre los dientes:
-Psa. Mujer, querer, querer….¿Cómo te lo diría yo…?
Pero ya la primera vez que nos vimos había hecho de mí un guiñapo -sí, así, toda por el culo, tooooda- y cuando, para celebrar nuestro primer mes juntos, jugamos a perseguirnos en cueros por toda Free Sex City, a las primeras de cambio se dejó acorralar en el puerquilavabo y la empalé entre el bided y una pared pringosa de grafitis delineados con excrementos:
-¡Te quiero,te quiero! ¡Oh, sí te quiero, gatinha! ¡Qué locura me has dado, condená!
-¡Ja,ja! Eso está bien, galleguito.
Sentí una pena de caballito palmeado en las ancas.
Al día siguiente…
Bueno, no importa.
Sí; ahora casi todo parece soñado; cada frase, cada día derramado como agua fresca de una fuente cristalina; el delirio de un infeliz:
-¡Hazme el animal encima de la mesa..!,
-¡Fóllame como a una perra, como a una perraaaaaaa…!
-¡Hazme el coño más grande; siiií, házmelo más grande a pollazoooos!
Pero fue real. O casi.
-Fóllame como un puerco y escríbelo como un demonio.
Sentí la dicha de la vida encontrándose con el arte, el final de la búsqueda de la escritura; el final, sin más.
-¡Quiéro que se envenene de celos!
-¿Qué…? !¿Quién?
-El muy cabrón…-, coincidió ella, continuando su monólogo.
-¡Rocky Eyre!, ¡ese chuloputas!
-No se te olvide poner mi nombre auténtico. Y contalo todo…
Se giró con sensual parsimonia hacia la puerta y su teta izquierda dijo lentamente adiós. Sentí que para siempre. Su nuca también era preciosa. Esta vez parecía que me estaba muriendo de verdad.
-Sin volverse, se despidió:
-…¡Hasta lo que no te dio tiempo a hacerme
!
No sé por qué, me acordé de un chiste, pero se me ha olvidado. Hacía frío.
16-19/11/09
Nov
14
Apreciado Canalla
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APRECIADO CANALLA
Querido sinvergüenza:
En tu perfil te limitas a decir que en rl estás felizmente casado.
Pues bien; eres un hijodeputa fractal. Mira tú por dónde. La madre que te parió.
A mí me tiembla la mano cada vez que paso corriendo sobre tu nombre, al consultar la lista de contactos.
Contactos… ¡Cabrón! Y tú felizmente casado.
13-11-09
Nov
10
Muerte repentina
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MUERTE REPENTINA
Cuando Mycious Boxen nos anunció que se iba a morir, en el orden en que nos fueron viniendo a la memoria, maldecimos el día en que conoció a Kya Berboral, el tabaco, los fríos del falso Himalaya, los mosquitos de la Malaria…
Como, no sé por qué, no me salían las lágrimas, cuando cerré el chat, rebusqué una foto que me había enviado, años atrás, desde Yar Sale, que está -estaba- en Siberia, no sé dónde, porque ese sim ya no existe, pero más o menos (en definitiva) por el quinto coño. Se ve una estatua de Lenin, pelándose de frío sobre un enorme pedestal, un cubo de cemento sin más contemplaciones. A su alrededor, hay unos montoncitos de pieles en ademán de arrastrarse sobre el círculo polar ártico. Una de esas bolas osudas es Mycious Boxen. Ese pimiento rojo que tirita a la cámara (sepultado entre la bufanda, el gorro y el récor del mundo de grados bajo cero), debe de ser su cara.
Me lo imaginé, de forma parecida, sumergiéndose en la muerte, sosteniendo todavía unos segundos la cabeza a flote entre las tinieblas, para enviarnos, con su aplomo de siempre, una última instantánea que nos recordase lo poco que nosotros hemos hecho con nuestras vidas. Entonces pude llorar.
Fulminado, Mycious ya sí que no tendría una sola mala noche, un mal teleport. Jamás. Ningún fracaso, ninguna resignación… Sin sueños, sin amor, sin cobardías, sin esperanza, sin nada ya a lo que tuviera que renunciar… Yo, que lo había envidiado en vida, también envidiaba ya su muerte. Todos nosotros, sus pusilánimes amigos (o apenas corresponsales), nos quedaríamos sin el modesto consuelo que suponía esa fuga constante, ese más difícil todavía en el que él había convertido su existencia para asombro de las nuestras.
Acudimos todos a su inmenso chalet skybox, en el crepúsculo. Eran las doce del mediodía, pero el insistió en que todos pusiéramos de environement el atardecer. Fui de los últimos en subir la escalera de acceso a la magnífica cabaña construida con apenas 20 prims -¡otra de la habilidades de Mycious! – entre las copas de los pinos.
Al principio, ninguno de nosotros se atrevió a hablar. No veíamos ningún bote de pastillas vacío en su mesita, ni le sangraban las venas: Kya no tenía la culpa, después de todo.
A decir verdad, Mycious tenía tan buen color que comprendimos que también nosotros nos estábamos muriendo poco a poco; con menos decisión que él, sin mérito alguno, dejándonos llevar: como ha sido siempre. Daba la sensación de que estaba como un roble.
-Estoy como un roble-, dijo.
Entonces, era eso: ¡otra de sus aventuras!
-Eso de la muerte -continuó- hay que vivirlo en vida. Después, las sensaciones no pueden ser las mismas. No lo creo.
Mycious es un hombre de sensaciones, o las sensaciones han hecho de él un hombre; no estoy seguro.
Habríamos podido abofetearlo, quemarle la cabaña o, por lo menos, salir de allí en fila de a uno y dejarlo en mute para siempre. En lugar de eso, volvimos a ofrecerle nuestra pobre ayuda para los preparativos de su nuevo proyecto. Mycious siempre tiene la delicadeza de repartirnos tareas menores, para que nos hagamos la ilusión de colaborar, de no estar del todo fuera.
Suele, también, mientras les da forma a sus hazañas, abrir el micrófono al chat del grupo – Mycious Boxen’s fans- y reflexionar en voz alta ante nosotros, simulando, piadosamente, consultarnos.
-No sé -comenzó aquella noche- si morirme ahora mismo, que sería lo más barato, o empezar a hacer acopio de provisiones para lanzarme a una imprevisible agonía de meses… No acabo de decidirme… ¿Cómo lo veis, chicos?
Nosotros, todos a una, solo veíamos, en una portada de Time que colgaba del techo -primorosamente reproducida-, aquel mechoncito de árboles verdes, que, allá al fondo, señalaba el final de la travesía del Sáhara de Hielo en monopatín.
-Sí -se respondió Mycious -; mejor un proceso largo; mucho más completo, dónde va a parar… ¡Está bien! Así lo haremos.
“Así lo haremos”, dijo, como tantas otras veces. Nunca ha habido un plural de mayor modestia.
-Aunque pensándolo bien…
Todos intentamos pensarlo mejor; pensar algo, al menos.
-Sí -decidió Mycious-. Será mejor hacerlo todo en tres o cuatro días. Así, aprovechamos que ahora también vosotros disponéis de tiempo libre, por las vacaciones… Como no se os escapa a ninguno, hay dos lados en este asunto, y yo, por razones obvias, sólo puedo estar en uno. Los trámites de la funeraria, la pena… Para experimentarlo todo, vuestra participación directa es imprescindible. Amigos míos, ¡necesito vuestra ayuda más que nunca! No puedo hacerlo sin vosotros.
Bajamos la mirada avergonzados y estremecidos. En esta ocasión, Mycious no intentaba sólo ofrecernos un consuelo. Nunca lo había visto tan radiante desde que volvió de cartografiar los bosques de Minnesota, árbol por árbol. Le hacíamos falta de verdad. Íbamos a ser parte de su aventura.
-¿Hecho?
Todos asentimos alborozados.
Inmediatamente, Mycious comenzó a dar muestras de acusar los estragos del tiempo o de una enfermedad incurable. Casi tardó un minuto en levantarse de la silla. Lo contemplamos atónitos y silenciosos. Nos saludó uno por uno, confundiendo con suma meticulosidad nuestros nombres, como si la memoria empezara a fallarle. Iluminados por nuestra sagrada misión, comprendimos instantáneamente: un buen moribundo debe comenzar por soltar lastre, y Mycious, debía vaciarse, en primer lugar, de sus amigos.
-En un par de horas, hatajo de cobardes -dijo Mycious, como si ya desvariara-, he de conseguir tener fiebre… Aunque eso ya lo aprendí en mi primer viaje a Borneo. Tú, Serenata, -estaba señalando a MaxymusXX34-, ve corriendo a comprarme…
¡Cómo se ha entregado siempre a la vida Mycious!… Nosotros aún no habíamos digerido la mera enunciación de su propósito, ¡y él ya había comenzado su viaje!
-Hacia la media noche (antes posiblemente), dejaré de hablar. Estad preparados.
Dicho esto, decidió cerrar los ojos. Esta vez, el camino tenía que encontrarlo en su interior.
-¡Luz! ¡Más luz!- clamó desesperado.
Luego, hizo como que se mareaba y se cayó al suelo, sin sentido. Cuando fuimos a levantarlo, comenzó a echar sangre por la boca, una sangre espumosa y maloliente.
Nosotros asistíamos anonadados a aquella demostración de coraje. En ningún momento le tembló el pulso mientras iba quemando etapas cada vez más penosas. Parecía como si para comenzar a morirse, le bastara con pensarse muerto. Como antes los riscos del Annapurna o los bajíos infestados de cocodrilos del Jardine, todo fluía hacia su mente dócilmente, como si hasta entonces sólo hubiera existido a medio gas, esperándola.
Transcurrieron dos días en los que, en vano, llamamos al médico y le suministramos pastillas e inyecciones. Mycious se moría sin pausa, sin titubeos, con un par de cojones. Su tesón nos propulsaba a todos hacia su muerte, la más conseguida, la única vivida.
Llegó el momento decisivo.
Mycious se dejó caer en la cama después de vomitar el caldo sobre Marrysa. Cuando todo estaba a punto y nos disponíamos ya a avisar a su madre para que se abriese una cuenta a la carrera y comenzase a llorar, Mycious se levantó.
-Perdonadme chicos -nos rogó con una voz de ultratumba-. Una necesidad… Mejor ahora, que no luego, en medio del velatorio, ¿no os parece?
El éter se llenó de im ; cientos de grupos detuvieron la respiración mientras aguardaban el desenlace .Fueron unos minutos angustiosos. Fuera, la vida enmudeció. Oíamos cómo se acercaban sigilosamente los gritos, el dolor; escuchábamos nuestras respiraciones cada vez más ansiosas, el fragor de la muerte detrás de la puerta del lavabo.
-Ya. Listo -sentenció Mycious, al salir.
Volvió a tenderse en la cama.
-Ahora-, se despidió.
Prorrumpimos en una llantera colectiva de satisfacción. Nos acercamos a su lecho de muerto, abrazados, formando un amplio, fraternal corro. Hasta los cámaras de las itelevisiones se sumaron a nosotros.
Nos asomamos a su avi, a su rostro de cartón, como a un pozo sin fondo.
Qué sensación más extraña sentí al verlo viajar, con el corazón desbocado, por un paisaje que nuestros ojos nunca tendrían el valor de contemplar… Estábamos asistiendo a la colonización de un territorio nunca antes hollado por el hombre. Nunca después, probablemente. Vi a Mycious sudar, revolverse, gruñir y hasta reírse de satisfacción en aquel ámbito del que nos distanciaba, como una urna de cristal, un sufrimiento infranqueable. ¡Qué poca cosa éramos todos nosotros, allí llorando por él! ¡Qué dolor, el nuestro, tan pequeño, tan miserable!
A nosotros, no hay aventura que nos conduzca fuera de la desventura del vivir.
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