Nov
10
Muerte repentina
2,902 viewsFiled Under Relatos cortos
MUERTE REPENTINA
Cuando Mycious Boxen nos anunció que se iba a morir, en el orden en que nos fueron viniendo a la memoria, maldecimos el día en que conoció a Kya Berboral, el tabaco, los fríos del falso Himalaya, los mosquitos de la Malaria…
Como, no sé por qué, no me salían las lágrimas, cuando cerré el chat, rebusqué una foto que me había enviado, años atrás, desde Yar Sale, que está -estaba- en Siberia, no sé dónde, porque ese sim ya no existe, pero más o menos (en definitiva) por el quinto coño. Se ve una estatua de Lenin, pelándose de frío sobre un enorme pedestal, un cubo de cemento sin más contemplaciones. A su alrededor, hay unos montoncitos de pieles en ademán de arrastrarse sobre el círculo polar ártico. Una de esas bolas osudas es Mycious Boxen. Ese pimiento rojo que tirita a la cámara (sepultado entre la bufanda, el gorro y el récor del mundo de grados bajo cero), debe de ser su cara.
Me lo imaginé, de forma parecida, sumergiéndose en la muerte, sosteniendo todavía unos segundos la cabeza a flote entre las tinieblas, para enviarnos, con su aplomo de siempre, una última instantánea que nos recordase lo poco que nosotros hemos hecho con nuestras vidas. Entonces pude llorar.
Fulminado, Mycious ya sí que no tendría una sola mala noche, un mal teleport. Jamás. Ningún fracaso, ninguna resignación… Sin sueños, sin amor, sin cobardías, sin esperanza, sin nada ya a lo que tuviera que renunciar… Yo, que lo había envidiado en vida, también envidiaba ya su muerte. Todos nosotros, sus pusilánimes amigos (o apenas corresponsales), nos quedaríamos sin el modesto consuelo que suponía esa fuga constante, ese más difícil todavía en el que él había convertido su existencia para asombro de las nuestras.
Acudimos todos a su inmenso chalet skybox, en el crepúsculo. Eran las doce del mediodía, pero el insistió en que todos pusiéramos de environement el atardecer. Fui de los últimos en subir la escalera de acceso a la magnífica cabaña construida con apenas 20 prims -¡otra de la habilidades de Mycious! – entre las copas de los pinos.
Al principio, ninguno de nosotros se atrevió a hablar. No veíamos ningún bote de pastillas vacío en su mesita, ni le sangraban las venas: Kya no tenía la culpa, después de todo.
A decir verdad, Mycious tenía tan buen color que comprendimos que también nosotros nos estábamos muriendo poco a poco; con menos decisión que él, sin mérito alguno, dejándonos llevar: como ha sido siempre. Daba la sensación de que estaba como un roble.
-Estoy como un roble-, dijo.
Entonces, era eso: ¡otra de sus aventuras!
-Eso de la muerte -continuó- hay que vivirlo en vida. Después, las sensaciones no pueden ser las mismas. No lo creo.
Mycious es un hombre de sensaciones, o las sensaciones han hecho de él un hombre; no estoy seguro.
Habríamos podido abofetearlo, quemarle la cabaña o, por lo menos, salir de allí en fila de a uno y dejarlo en mute para siempre. En lugar de eso, volvimos a ofrecerle nuestra pobre ayuda para los preparativos de su nuevo proyecto. Mycious siempre tiene la delicadeza de repartirnos tareas menores, para que nos hagamos la ilusión de colaborar, de no estar del todo fuera.
Suele, también, mientras les da forma a sus hazañas, abrir el micrófono al chat del grupo – Mycious Boxen’s fans- y reflexionar en voz alta ante nosotros, simulando, piadosamente, consultarnos.
-No sé -comenzó aquella noche- si morirme ahora mismo, que sería lo más barato, o empezar a hacer acopio de provisiones para lanzarme a una imprevisible agonía de meses… No acabo de decidirme… ¿Cómo lo veis, chicos?
Nosotros, todos a una, solo veíamos, en una portada de Time que colgaba del techo -primorosamente reproducida-, aquel mechoncito de árboles verdes, que, allá al fondo, señalaba el final de la travesía del Sáhara de Hielo en monopatín.
-Sí -se respondió Mycious -; mejor un proceso largo; mucho más completo, dónde va a parar… ¡Está bien! Así lo haremos.
“Así lo haremos”, dijo, como tantas otras veces. Nunca ha habido un plural de mayor modestia.
-Aunque pensándolo bien…
Todos intentamos pensarlo mejor; pensar algo, al menos.
-Sí -decidió Mycious-. Será mejor hacerlo todo en tres o cuatro días. Así, aprovechamos que ahora también vosotros disponéis de tiempo libre, por las vacaciones… Como no se os escapa a ninguno, hay dos lados en este asunto, y yo, por razones obvias, sólo puedo estar en uno. Los trámites de la funeraria, la pena… Para experimentarlo todo, vuestra participación directa es imprescindible. Amigos míos, ¡necesito vuestra ayuda más que nunca! No puedo hacerlo sin vosotros.
Bajamos la mirada avergonzados y estremecidos. En esta ocasión, Mycious no intentaba sólo ofrecernos un consuelo. Nunca lo había visto tan radiante desde que volvió de cartografiar los bosques de Minnesota, árbol por árbol. Le hacíamos falta de verdad. Íbamos a ser parte de su aventura.
-¿Hecho?
Todos asentimos alborozados.
Inmediatamente, Mycious comenzó a dar muestras de acusar los estragos del tiempo o de una enfermedad incurable. Casi tardó un minuto en levantarse de la silla. Lo contemplamos atónitos y silenciosos. Nos saludó uno por uno, confundiendo con suma meticulosidad nuestros nombres, como si la memoria empezara a fallarle. Iluminados por nuestra sagrada misión, comprendimos instantáneamente: un buen moribundo debe comenzar por soltar lastre, y Mycious, debía vaciarse, en primer lugar, de sus amigos.
-En un par de horas, hatajo de cobardes -dijo Mycious, como si ya desvariara-, he de conseguir tener fiebre… Aunque eso ya lo aprendí en mi primer viaje a Borneo. Tú, Serenata, -estaba señalando a MaxymusXX34-, ve corriendo a comprarme…
¡Cómo se ha entregado siempre a la vida Mycious!… Nosotros aún no habíamos digerido la mera enunciación de su propósito, ¡y él ya había comenzado su viaje!
-Hacia la media noche (antes posiblemente), dejaré de hablar. Estad preparados.
Dicho esto, decidió cerrar los ojos. Esta vez, el camino tenía que encontrarlo en su interior.
-¡Luz! ¡Más luz!- clamó desesperado.
Luego, hizo como que se mareaba y se cayó al suelo, sin sentido. Cuando fuimos a levantarlo, comenzó a echar sangre por la boca, una sangre espumosa y maloliente.
Nosotros asistíamos anonadados a aquella demostración de coraje. En ningún momento le tembló el pulso mientras iba quemando etapas cada vez más penosas. Parecía como si para comenzar a morirse, le bastara con pensarse muerto. Como antes los riscos del Annapurna o los bajíos infestados de cocodrilos del Jardine, todo fluía hacia su mente dócilmente, como si hasta entonces sólo hubiera existido a medio gas, esperándola.
Transcurrieron dos días en los que, en vano, llamamos al médico y le suministramos pastillas e inyecciones. Mycious se moría sin pausa, sin titubeos, con un par de cojones. Su tesón nos propulsaba a todos hacia su muerte, la más conseguida, la única vivida.
Llegó el momento decisivo.
Mycious se dejó caer en la cama después de vomitar el caldo sobre Marrysa. Cuando todo estaba a punto y nos disponíamos ya a avisar a su madre para que se abriese una cuenta a la carrera y comenzase a llorar, Mycious se levantó.
-Perdonadme chicos -nos rogó con una voz de ultratumba-. Una necesidad… Mejor ahora, que no luego, en medio del velatorio, ¿no os parece?
El éter se llenó de im ; cientos de grupos detuvieron la respiración mientras aguardaban el desenlace .Fueron unos minutos angustiosos. Fuera, la vida enmudeció. Oíamos cómo se acercaban sigilosamente los gritos, el dolor; escuchábamos nuestras respiraciones cada vez más ansiosas, el fragor de la muerte detrás de la puerta del lavabo.
-Ya. Listo -sentenció Mycious, al salir.
Volvió a tenderse en la cama.
-Ahora-, se despidió.
Prorrumpimos en una llantera colectiva de satisfacción. Nos acercamos a su lecho de muerto, abrazados, formando un amplio, fraternal corro. Hasta los cámaras de las itelevisiones se sumaron a nosotros.
Nos asomamos a su avi, a su rostro de cartón, como a un pozo sin fondo.
Qué sensación más extraña sentí al verlo viajar, con el corazón desbocado, por un paisaje que nuestros ojos nunca tendrían el valor de contemplar… Estábamos asistiendo a la colonización de un territorio nunca antes hollado por el hombre. Nunca después, probablemente. Vi a Mycious sudar, revolverse, gruñir y hasta reírse de satisfacción en aquel ámbito del que nos distanciaba, como una urna de cristal, un sufrimiento infranqueable. ¡Qué poca cosa éramos todos nosotros, allí llorando por él! ¡Qué dolor, el nuestro, tan pequeño, tan miserable!
A nosotros, no hay aventura que nos conduzca fuera de la desventura del vivir.
Comments
Leave a Reply
(1.00 out of 1)
(0.00 out of 1)





