Dec
12
Él (bolero)
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ÉL (BOLERO)
No son celos: son ganas de matarlo.
Si hubiera nacido con ese don, te juro que lo haría.
Llega otra vez la hora. Tengo que irme a dormir a RL, a mi rinconcito de ese mundo condenado, y te dejo a ti, a tu Atlantic City, orbitando sin mí en el ciberespacio.
Desconecto, cierro los ojos para intentar dormir, y ya me duele la cabeza. No, no es el tiempo, mona, no es el trabajo: es ese hombre que metes en nuestra cama en cuanto yo aterrizo.
Revienta el despertador en tierra firme, junto a mi oído; dentro de mi oído. Tú te revuelves entre las sábanas de nuestro skybox, ronroneas como una gata. Ojeroso y desgreñado, mientras me afeito en este mundo sé que estás soñando con él en el otro, en todos los demás. Ni siquera te molestas en crearte un alt, desgraciada. Sé que te arropas con sus últimos besos, que buscas el lado de la cama que te he dejado calentito, y piensas que esa tibieza es él, su cuerpo protegiéndote del frío, del mundo, de mí ojeroso y desgreñado.
Es un suplicio, cada madrugada, dejarte sola en el skybox viendo el canal porno del freetube. Y esperándolo. Me dan ganas de esconderme, de quedarme dentro de un armario hasta que venga y daros un susto de muerte. Pero el mundo ruge, reclamándome, como una fiera hambrienta. Y me tengo que ir. Que le aproveche a ese cabrón. Ya os veo retozando con calma, impunes, protegidos por las mismas obligaciones que a mí me esclavizan. Te veo a ti, pasarle la mano por detrás de la nuca, ofrecerle mi lado de la cama con ensañamiento innecesario…
No puedo seguir pudriéndome en esta contemplación de vuestro arrobo. Que os vaya bonito, miserables.
La puerta, el ascensor, cuatro pisos para abajo, y en mi retina todavía impreso el reflejo de vuestros cuerpos esparcidos en la cama; tus dedos jugando con los suyos, murmurándoles secretos que yo nunca conoceré, que nunca he sabido adivinar…
Salgo a la calle ciego. Qué más me da si es de día o de noche. Me apoyo en un árbol y vomito. Por eso sé que, para mí, comienza un día cualquiera.
En el trabajo, algunos días vuelvo a vomitar. Los compañeros me disculpan; tengo que soportar los peores clientes, fingen comprender… Maldita sea, quizá están todos enterados y lo que simulan es no saber. En cualquier caso, no se extrañan cuando, otras veces, me encierro en el lavabo sólo para concentrarme y llorar. Me cuesta, pero siempre consigo desprenderme de alguna lágrima. Fuera lastre, y a volver a casa como si nada.
Algunos días, salgo del metro una parada antes o una después. Hago tiempo. Quizá así consiga que llegues a aburrirte de él.. Paseo por las plazas, veo cómo se besan los jóvenes amantes. A él, al muchacho, lo observo atentamente durante un rato. Quizá este imbécil pueda darme una pista, pienso.
Llego a casa, finalmente. Y me conecto.
Volver del trabajo hecho un guiñapo, después de la oficina y del metro, después de que me ha pisoteado la cabeza la mitad de la ciudad que lleva traje y corbata, ¡y verte a ti con esa cara!; ¡ mientras a mí me están matando los callos, tú con esa sonrisa de oreja a oreja! Pero,¿qué te ha dado ese hombre, para que pierdas de ese modo la compostura? ¿No ves que te delatas? ¿No te da pena, viéndome llegar hecho un cristo, conservar en tus ojos esa lucecita de felicidad?
¡Un beso, me pides!, en cuanto llego, con esa sangre fría, supongo, que se adquiere viviendo en la mentira. Intento besarte en algún sitio libre que él no haya ensuciado con sus labios. Pero todos los poros de tu piel están ocupados, no se le ha pasado por alto ni uno, al muy canalla.
Tú, por darme conversación y distraerme, supongo, dices, por ejemplo:
-¡Ha sido un día maravilloso, querido!
O:
-¡Anoche montaron una fiesta tremenda en el sim de Dating-dating. ¡Tenías que haber estado!
Asquerosa. Yo batiéndome el cobre en la oficina y ese cabrón contigo mientras te preparas el desayuno y canturreas, siguiéndote por la casa mientras abres las ventanas para orear las habitaciones (¿qué pensarán de mí los vecinos?; pero, claro ¡a mí que me parta un rayo!: ¡el rey de la casa es él!), dando vueltecitas en tu mente mientras tú vas a la compra en la puta Atlantic City o posando desnudo en tu imaginación mientras preparas mi cena ya en el skybox…
¡Valiente hijo de puta! Para él debe ser muy fácil. Yo estoy cansado y él, feliz; yo vuelvo a casa, y él no se va nunca; yo te quiero todo el día, y él sólo en las horas punta!
¡Acabemos de una vez! Aunque de todas formas no haya derecho, admito que tú seas inocente. ¡Que se venga a dormir con nosotros! Démosle a la gente de qué hablar.
Estoy cansado, tengo que confesártelo, de luchar contra él. Nunca podré derrotarlo; lo sé. De modo que sí, que se quede de noche con nosotros, qué le vamos a hacer. Ya saldremos adelante como sea. Sólo te pido una cosa: delante de mí, no le digas que me quieres.
Que se quede sí, ya me has oído. Tengo mi desgracia tan pegada a su dicha, que ya no puedo distinguirlas. Puede que a veces me alcance para soportarlo, y yo también sonría cuando os améis; otras, cogeré toda mi ropa en silencio y echaré mis huesos sobre el sofá mientras tú, en la cama, comienzas a besarme muy despacio la manzanita del hombro.
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